No tienen vergüenza, ni la conocen

12 de Febrero de 2009

Mi anterior reflexión la titulaba “Sigo vivo” y venía a ser como el último grito de supervivencia de un náufrago abandonado a su suerte en la aldea global multimedia. La incompetencia técnica de mi exproveedor de internet (Ya.com) con la obscena colaboración y connivencia del operador dominante (Telefónica) habían puesto un esparadrapo en mi boca digital. Entre los dos, en una sentencia sumarísima sin posibilidad de alegato o defensa, habían decretado mi silencio.

Sigo pensando -¡ingenuo de mí!- que todo ciudadano, sin distinción alguna, debe tener a su mano los mecanismos necesarios para resolver sus problemas o plantear quejas y sugerencias de los servicios públicos. Y, a su vez, sigo creyendo -otra vez, ¡ingenuo de mí!- que las administraciones deben tener establecidas las vías y garantías suficientes para que el sistema sea eficiente y velar por el cumplimiento de las reglas del juego que, en caso de duda, siempre deben ir a favor del más débil, en este caso, el ciudadano.

Con estas premisas me enfrenté a resolver mi problema de corte de conexión a internet. Decidí ser un anónimo ciudadano de este país (llamémosle figuradamente Antonio Pérez) dispuesto a utilizar las vías que las empresas ponen a disposición de sus “clientes”. Antonio Pérez llamó innumerables veces al teléfono 902 de “Ya.com”: Una veces le dijeron que no era un problema suyo, otras le abrieron una incidencia que nunca cerraban, otras le abrieron una incidencia que duró abierta 5 segundos, otras que el problema era de Antonio porque “con toda seguridad”  tenía un virus en su ordenador, otras que el problema era de Telefónica y en otras tres ocasiones le colgaron, sin miramientos ni educación alguna, cuando manifestó su disgusto con la situación que estaba viviendo.

Al final Antonio, harto ya de estar harto de pensar que para “Ya.com” el peor enemigo era el cliente, decidió darse de baja y cambiar de proveedor de internet. (Ahorro al paciente lector las vicisitudes que conlleva el proceso de darse de baja). A partir de que la palabra “baja” se pronuncia la ineptitud de tu proveedor se transforma en diligencia: te llaman, te envían correos, te asedian para ofrecerte (¡pedazo de sinvergüenzas!)  un mejor servicio del que tenías a un precio infinitamente menor.  Pero Antonio es hombre de palabra (y de mucha paciencia) y “cuando dice no, es que no”. Cuando tu proveedor de internet oye que pronuncias la palabra “no” se produce otra transformación: la momentánea diligencia que habías observado, se transforma en amenazas y chantajes: Que les debes el último recibo del servicio (“pero de qué servicio hablan, si llevo más de un mes sin internet”), que procederán contra tí, que apurarán al máximo el plazo para retrasar el cambio que has solicitado… 

Para entonces Antonio, ya había empezado a contactar con otros proveedores de internet. Aquello fue de alucine; era el mundo al revés de lo que hasta ese momento había estado viviendo. Tuvo una sensación como si la primavera se hubiera anticipado. Todas las aves (proveedores) le cortejaban, le obsequiaban con sus mejores trinos, exhibían brillantes y coloridos plumajes, contorsionaban sus mejores posturas, le adulaban con sus mejores dádivas, en suma, le ofrecían el paraíso a cambio de llevárselo a su nido.

 Al final, Antonio se dejó seducir por una de las aves que le cortejaban/acosaban; se llamaba Telefónica. En cuanto se comprometió y pronunció la palabra “sí”  todo se volvió a transformar: la historia se realimentó y volvió al principio, y la pesadilla, como un “deja vu“, apareció de nuevo con todo su esplendor. Le prometieron que le darían servicio en siete días; pasó la semana, diez, veinte días y… no  había servicio. Al pobre Antonio, en la época de cortejo le prometieron un modem/router Wifi y además gratis; ahora ha comprobado en la primera factura que le cobran el router.

Antonio Pérez, desesperado, volvió a la maldita ruta de los 902. Ahora con el nuevo proveedor -Telefónica- había una variante: sus llamadas eran atendidas por diligentes (o no) operadores situados en Argentina o Marruecos a los que para parecer más próximos, más españoles “cañí”, se les había dado la consigna de decir nuestra tan traída y llevada -y mal utilizada- palabra “¡vale!”. El problema es que en la conversación meten veinte “vales” en donde no toca y aquello queda de un surreal que tumba. Otra de la novedades que aporta Telefónica a la ruta de los 902, es que haces turismo; en un alarde de ineficiencia o de quitarse el problema de encima pasas en unos segundos de Argentina a España, de España a Marruecos… dándote cuenta al final que la solución de tu problema no es cuestión de nacionalidad sino de gestores incompetentes en empresas prepotentes.

Al cabo de más de cuarenta días sin internet, de haber cambiado de proveedor, de cambiar el modem/router, de haber reseteado el router tantas miles de veces como le dijeron, de gastarse lo que no está escrito en los teléfonos 902… Antonio Pérez seguía sin servicio, se dio por vencido y abandonó.

Pues sí, pasados más de cuarenta días sin servicio de internet, decidí dejar de ser un ciudadano normal -un Antonio Pérez cualquiera- y me vi obligado, en contra de mis principios, a tirar de mis influencias y contactos. Hice una llamada, sólo una, no mil. Desde que hice esa llamada hasta que me repusieron el servicio de internet, sólo transcurrieron diez minutos. Sí, diez minutos y no cuarenta días.

Los directivos y gestores de estas empresas de telecomunicaciones y los organismos públicos encargados de controlarlas no tienen vergüenza, ni la conocen. ¡Ah!, y como te llames Antonio Pérez y no tengas influencias, lo llevas jodido, amigo. Triste país.

Sigo vivo

13 de Enero de 2009

No he desaparecido ni he muerto. Tampoco he sido agraciado con el “Gordo de Navidad” ni el “Euromillones”, ni, mucho menos, he encontrado a una rica multimillonaria que me haya retirado a un paraíso tropical.

Es todo más simple… Mi proveedor de internet “Ya.com” me impide contactar con el mundo. Desde el 24 de diciembre me dejó sin servicio y… hasta hoy, que sigo sin él. De nada han valido las mil llamadas a su 902.902.902 (de pago) donde después de tenerte más de media hora esperando ¡Te cuelgan sin más!. Y yo que pensaba que al ser “Ya.com” propiedad de France Telecom sería algo más seria que los demás “piratas” proveedores de internet… Ingenuo que es uno.

La desprotección e indefensión de los usuarios de internet frente a las empresas prestadoras del servicio es TOTAL. ¿Para cuando nuestro Parlamento y  nuestros representantes, que elegimos cada 4 años, se van a tomar este tema en serio?. Tal vez mi próximo voto dependa, entre otras cosas, de esto.

Para poder escribir esta entrada me he tenido que vestir de “hacker” y entrar en internet a través de una red wifi abierta. Lo siento vecino desconocido, pero gracias por tu amabilidad. Lo que “Ya.com” no hace por mi, lo haces tú sin saberlo.

Ahora, como fácilmente se comprenderá, mi expresión favorita es “mecagüen ya”

El otoño

12 de Noviembre de 2008

El otoño tiene mala fama. Dicen que es la estación de la tristeza, en la que las depresiones aumentan y el ánimo, al igual que las hojas de los árboles, va de capa caída. El día acorta y la noche alarga. Los árboles se desnudan. El verano y sus desmanes quedan lejos y ya son, tan sólo, un vago recuerdo.

Soy de los que disfrutan de todas las estaciones, y más desde que dejé de vivir en la ciudad para hacerme más rural. En las ciudades no hay estaciones, sólo hay asfalto y ruido. Tampoco hay estrellas; las iluminaciones faraónicas nos las han robado. Me viene al recuerdo el espectáculo sobrecogedor, por su magnitud e inmensidad, que tuve ocasión de disfrutar una noche sin luna en pleno desierto del Rajasthan de la India. Allí me di cuenta que el firmamento existe, que, en una noche sin luna, hay una tenue luminosidad generada por las propias estrellas. Fue una de las vivencias más emotivas y sensuales que he podido sentir. Viendo aquella noche el firmamento y  el mar de estrellas, te sientes pequeño, insignificante; todo queda relativizado.

Vuelvo al otoño. Debo ir contracorriente. A mí, el otoño me fascina. Es la estación de la luz, esa luz que tan magistralmente reflejó Sorolla en sus cuadros. Esa luz que deja de ser cenital para iluminar de forma lateral. Esa luz tan mágica para los fotógrafos; luz que moldea, que da volumen, que crea sombras y texturas.

El otoño en el Mediterráneo, donde vivo, es la estación de la limpieza. La lluvia está garantizada y limpia nuestra atmósfera de la suciedad e impurezas acumuladas durante el año. Para mí, la lluvia de otoño limpia algo más que la atmósfera, de alguna manera también nos limpia a nosotros, nos refresca, nos oxigena. La atmósfera queda clara, nítida, cristalina y la visibilidad se hace casi infinita.

También, el otoño es la estación del color. No hay cielos tan azules ni nubes tan blancas como en otoño. En el bosque, todos los otoños se interpreta la multicromática sinfonía de los ocres. La gama inacabable de colores ocre de las hojas otoñales llega a ser todo un espectáculo para los sentidos.

Y porqué no hablar de la magia del otoño… ¿O es que la aparición de las setas no tiene algo de mágico?

Para los que nos gusta la luz, la imagen y el color, el otoño es todo menos tristeza y depresión. Es, como dicen en Costa Rica, “pura vida”.

Cultivar el espíritu

5 de Noviembre de 2008

Por razones que no vienen al caso, he tenido que frenar en seco mi actividad y guardar un periodo de reposo. Ha sido como pasar de 150 Km/h a cero en tan sólo un instante y, además, sin cinturón de seguridad. El frenazo brusco e inesperado zarandea el cuerpo, descoyunta articulaciones y crea conmoción.

Debo pertenecer a ese grupo de personas que, sin saberlo, somos adictos a una droga: la adrenalina. Somos adrenalinómanos. Necesitamos la adrenalina para vivir; hemos de darnos nuestro “chute” diario. Si la actividad diaria no nos da la emoción necesaria para producir nuestra dosis, somos capaces de generar más actividad y tensión a nuestro alrededor para que nuestras glándulas suprarrenales se pongan a trabajar y nos proporcionen la tan anhelada droga.

El periodo de reposo que estoy guardando me ha llevado a padecer un obligado síndrome de abstinencia; ni tengo mi droga, ni la puedo producir. He tenido que recurrir a una terapia de desintoxicación; he decidido dedicarme a cultivar el espíritu. Por cierto, todo sea dicho, lo tenía últimamente bastante descuidado.

He pasado de la “actio” al “intellectus”. En esta transición me he podido dar cuenta de la innecesaria tensión en la que solemos vivir, de cómo hacemos sufrir a nuestras arterias coronarias más allá de lo debido, de que, como decía Joan Manuel Serrat en una de sus canciones, “llegamos siempre tarde a donde nunca pasa nada”. Vivimos en una sociedad estresante, absurdamente competitiva, loca, desalmada…

Volver al “intellectus” es un viaje apasionante y totalmente recomendable. Es reencontarte con la lectura, el silencio, la reflexión, la música, el pensamiento, la escritura, el ocio, los sentimientos, la creatividad, el aprendizaje… con tantas facetas olvidadas.

Vistas así las cosas hay que promover, de manera imperiosa, la implantación de los años sabáticos. Creo que en la actualidad sólo existen en el ámbito académico universitario. Hay que crearlos tanto por necesidad como por higiene mental. Es tiempo de dedicarnos más al interior, a nuestro interior; más al fondo que a las formas; a ser más orientales y menos occidentales.

Ya sé que un año -el sabático- puede parecer mucho tiempo. ¿Lo podríamos dejar, al menos, en unas semanas?. Es que es necesario.

Patente de corso

29 de Octubre de 2008

Que la convivencia es complicada, no lo voy a poner en duda. Si ya lo es en el ámbito familiar, ¡cómo no lo va a ser en el ámbito social!. La convivencia tiene unas reglas tácitas, no escritas, que se adquieren a lo largo de la vida como un aprendizaje más. Sucede, como en todos los procesos de aprendizaje, que hay alumnos más dotados y otros que lo son menos. También ocurre que dentro de los menos dotados, los hay voluntaristas que se esfuerzan en escurrir al máximo su limitada capacidad de aprendizaje, y, a contrario sensu, están aquellos perfectamente dotados que se niegan a aprender o a poner en práctica sus conocimientos. A estos últimos, precisamente, es a los que quiero referirme.

Este grupo de individuos parece que tiene como única misión en la vida destrozar la convivencia. Los podemos ver en la política - el fallecido Jesús Gil sería el paradigma-, en los debates de la telebasura, en la reunión de vecinos, en la cola del cajero… Desafortunadamente, abundan.

Si la convivencia está hecha de pequeñas renuncias, estos individuos no renuncian  nunca a nada. Ellos tiene el derecho a decir siempre lo que quieren en el momento en que quieren, mientras que tú, en aras a mantener la convivencia, renuncias o pospones a decir o hacer cosas para no tensionar más las situaciones. Tienen o se toman la “patente de corso”.

Cuando te hablan, te ignoran como persona. Gritan, en vez de argumentar. Te señalan como si en lugar de una mano tuvieran una pistola. En vez de palabras, escupen balas.

Es verdad que el dicho cuenta que “dos no riñen si uno no quiere”, pero, ¡caramba!, siempre son los mismos los que callan y los mismos los que gritan. En esto, como en otros aspectos de la vida, hay que reclamar la igualdad. No hay más remedio; tendremos que quitarles la patente.

Asaltos telefónicos

27 de Octubre de 2008

Se habla mucho de la inseguridad que padecemos en las calles, de que en cualquier momento podemos ser víctimas de un asalto y correr serio peligro en nuestra integridad. Es verdad, eso está ahí, es una realidad y no hay por qué negarlo. Las administraciones públicas, tanto la estatal, como las autonómicas y locales, hacen esfuerzos permanentes, no siempre bien coordinados, a fin de que los ciudadanos nos sintamos más seguros.

Hay otro tipo de asalto del que no se habla tanto y que padecemos diariamente. Me refiero al asalto telefónico. Es un auténtico atentado a nuestra intimidad. Este asalto se puede producir en la tranquilidad de tu hogar, paseando por el campo, en un atasco, al intentar dormir a un niño, cuando estás en la ducha… No conoce horas, ni días. Igual te asaltan por el día que por la noche, en martes o en domingo. El asalto telefónico siempre se consuma.

El asaltante perpetra su delito utilizando el teléfono. Te llama -te asalta- cuando menos te los esperas. En la mayoría de los casos, como hacen los delincuentes habituales, esconden su rostro y te hacen la llamada con un número oculto. Los asaltantes son camaleónicos en su identidad, igual se disfrazan de compañía de seguros, que de operador de televisión por satélite, que de encuestador sobre nuestra vida sexual y afectiva, que visten un uniforme oficial del Instituto Nacional de Estadística (INE).

La pregunta que me hago es ¿cómo saben que existo? si mi número de teléfono no aperece en la guía porque así se lo hice constar a mi operador telefónico. Además, como soy escrupuloso y prevenido, intento ponerme “rejas” para que no me asalten telefónicamente. Así, cuando en un formulario de cualquier tipo me obligan a poner datos personales o mi teléfono, siempre hago constar que sólo doy esos datos a los efectos exclusivos del formulario. Me niego a que mis datos sean vendidos y utilizados por cualquier asaltante telefónico de turno. Está claro que las “rejas” que me pongo son de goma; las rompen todos los días.

¿Nos podemos defender?. No, nos deben defender. Nuestra defensa ante estos asaltos telefónicos la deben ejercer dos entidades que tienen esa responsabilidad. Me refiero a la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT) y a la Agencia de Protección de Datos (AGPD). Está claro que deben dedicarse a otras cosas, la CMT a ponerle el mantel a las operadoras telefónicas para que nos coman más y mejor, y la AGPD… ¡Ah!, igual la AGPD ni existe.

El problema principal del asalto telefónico es que está empezando a ser aceptado socialmente como algo normal. El asalto ya lo practica la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los jefes, tu dentista… “Y digo yo, si me has visto hace una hora, ¿por qué me llamas para este asunto que puede esperar perfectamente hasta que nos volvamos a ver mañana?”.

Han aparecido variantes del asalto, está la variante SMS o la SPAM. Tengo un amigo que el hecho gratificante de cobrar la nómina se le ha convertido en una pesadilla. Su banco le envía un SMS a las 3 de la madrugada para informarle del ingreso.

En fin, es que hay días en que uno mataría al teléfono.

Lástima de país

25 de Octubre de 2008

Durante casi un mes hemos estado recorriendo la República Argentina. De Norte a Sur, de Este a Oeste. No sólo hay que viajar a Argentina, hay que saborearla y vivirla con intensidad.

Argentina no es sólo un país, Argentina es mucho más: Argentina es un continente. Sorpenden sus climas tan variados, su extensión, sus enormes distancias, su riqueza potencial, su belleza, su flora y fauna, sus reservas de agua dulce, sus gentes y la manera que tienen de entender la vida.

 

Dicho esto podría pensarse que es un país que se aproximaría a un paraíso. Pues sí, podría; pero no lo es. Es incomprensible que, con las riquezas naturales que el país tiene en materias primas, no sea una primera potencia mundial. Entonces, ¿qué es lo que sucede?. Pues algo sencillo y común al continente suramericano: la enorme corrupción de su clase política. En la lista de países menos corruptos, Argentina ocupa el lugar 98. Hasta Tanzania, Gabón o Marruecos le superan en “honestidad” de sus políticos.

La corrupta clase política que ha padecido Argentina a lo largo de su historia se ha constituido en el peor cáncer del pueblo argentino. Personajes variopintos, como Perón y su corte de esposas (Eva o Isabelita), o siniestros, como Videla y López Rega, o incalificables, como Menem y el matrimonio Néstor y Cristina Kirchner, han matado la Argentina y los sueños de los argentinos.

Es una clase política insaciable. En nuestros días por allí ya estaban intentando subir un 30% los impuestos al campo porque necesitaban “cash” y se las tuvieron que ver gordas. Todo el campo unido, agricultores y ganaderos juntos, plantó cara al gobierno y éste tuvo que enmendar la plana. Pero es igual, “si falla el Plan A, tenemos el Plan B”, y ahora han “nacionalizado” los planes de pensiones privados. Vaya eufemismo para decir que la clase política argentina vuelve a la carga para saquear, una vez más, las arcas públicas. Estamos ante un nuevo “Corralito”.

Un dato reseñable. Fue en fin de semana cuando estuvimos en la población de El Calafate (allí cerca está la maravilla del glaciar Perito Moreno). En El Calafate tiene su residencia de descanso la presidenta actual Cristina Fernández. Pues bien, para pasar allí un simple fin de semana, se desplazó con tres aviones reactores grandes todos ellos rotulados con “Presidencia de la República Argentina”. Los pudimos ver en el aeropuerto, que por cierto es privado y lo explota “London Supply”. ¿Quién paga todo esto?: Pues los de siempre, los pobres ciudadanos argentinos.

Otro dato. El Calafate es un municipio en expansión incontrolada en razón del turismo de la zona (Parque Nacional de Los Glaciares). Todas sus calles, salvo las del centro de la ciudad que están asfaltadas, son de tierra -allá dicen ripio-. Hay una calle de los exteriores que se salva, que está perfectamente y modélicamente asfaltada; es la calle donde se encuentra un exclusivo hotel de lujo propiedad de los esposos Kirchner. Y  nos volvemos a preguntar ¿Quién paga todo esto?. Y nos volvemos a contestar: Pues los de siempre, los pobres ciudadanos argentinos.

El futuro de la Argentina está en su gente. Ésa es, por encima de todas, su mayor riqueza. Un país como éste, no puede morir de melacolía ni de resignación. Que nunca más se oiga la frase fatalista que te comentan muchos argentinos: “Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires” .

Comenzamos…

24 de Octubre de 2008

Pues sí… comenzamos.

En el incio de las cosas, ya sea un proyecto, un viaje o un blog como éste, hay que decirles a quienes van a participar en él en qué va a consistir, qué hitos o etapas pasaremos, qué destino es el que nos espera y queremos alcanzar…

¿Qué pretende este blog, el blog de “La Pinaeta”?. Pues algo muy sencillo, mirar la vida y reflexionar sobre los acontecimientos desde mi “observatorio” privilegiado: un banco del parque. En el parque hay días que reina la tranquilidad y la naturaleza, el sonido del agua y la risa de los niños, la brisa y el sol. Pero también hay otros días en los que reina el ruido y el desastre, el rugido de un motor y el grito desgarrado, el vendaval y la tormenta. Mi parque es la vida en sí.

Mi observatorio del parque

Mi observatorio del parque

Desde mi banco del parque observo la vida y reflexiono sobre ella. Simplemente te invito a sentarte en mi banco del parque y compartir comentarios y pensamientos. ¿Te parece?. Si es así podrás ver que, cuando florecen las tipuanas, sobre mi banco del parque llueve oro.