Archivo de Noviembre de 2008

El otoño

Miércoles, 12 de Noviembre de 2008

El otoño tiene mala fama. Dicen que es la estación de la tristeza, en la que las depresiones aumentan y el ánimo, al igual que las hojas de los árboles, va de capa caída. El día acorta y la noche alarga. Los árboles se desnudan. El verano y sus desmanes quedan lejos y ya son, tan sólo, un vago recuerdo.

Soy de los que disfrutan de todas las estaciones, y más desde que dejé de vivir en la ciudad para hacerme más rural. En las ciudades no hay estaciones, sólo hay asfalto y ruido. Tampoco hay estrellas; las iluminaciones faraónicas nos las han robado. Me viene al recuerdo el espectáculo sobrecogedor, por su magnitud e inmensidad, que tuve ocasión de disfrutar una noche sin luna en pleno desierto del Rajasthan de la India. Allí me di cuenta que el firmamento existe, que, en una noche sin luna, hay una tenue luminosidad generada por las propias estrellas. Fue una de las vivencias más emotivas y sensuales que he podido sentir. Viendo aquella noche el firmamento y  el mar de estrellas, te sientes pequeño, insignificante; todo queda relativizado.

Vuelvo al otoño. Debo ir contracorriente. A mí, el otoño me fascina. Es la estación de la luz, esa luz que tan magistralmente reflejó Sorolla en sus cuadros. Esa luz que deja de ser cenital para iluminar de forma lateral. Esa luz tan mágica para los fotógrafos; luz que moldea, que da volumen, que crea sombras y texturas.

El otoño en el Mediterráneo, donde vivo, es la estación de la limpieza. La lluvia está garantizada y limpia nuestra atmósfera de la suciedad e impurezas acumuladas durante el año. Para mí, la lluvia de otoño limpia algo más que la atmósfera, de alguna manera también nos limpia a nosotros, nos refresca, nos oxigena. La atmósfera queda clara, nítida, cristalina y la visibilidad se hace casi infinita.

También, el otoño es la estación del color. No hay cielos tan azules ni nubes tan blancas como en otoño. En el bosque, todos los otoños se interpreta la multicromática sinfonía de los ocres. La gama inacabable de colores ocre de las hojas otoñales llega a ser todo un espectáculo para los sentidos.

Y porqué no hablar de la magia del otoño… ¿O es que la aparición de las setas no tiene algo de mágico?

Para los que nos gusta la luz, la imagen y el color, el otoño es todo menos tristeza y depresión. Es, como dicen en Costa Rica, “pura vida”.

Cultivar el espíritu

Miércoles, 5 de Noviembre de 2008

Por razones que no vienen al caso, he tenido que frenar en seco mi actividad y guardar un periodo de reposo. Ha sido como pasar de 150 Km/h a cero en tan sólo un instante y, además, sin cinturón de seguridad. El frenazo brusco e inesperado zarandea el cuerpo, descoyunta articulaciones y crea conmoción.

Debo pertenecer a ese grupo de personas que, sin saberlo, somos adictos a una droga: la adrenalina. Somos adrenalinómanos. Necesitamos la adrenalina para vivir; hemos de darnos nuestro “chute” diario. Si la actividad diaria no nos da la emoción necesaria para producir nuestra dosis, somos capaces de generar más actividad y tensión a nuestro alrededor para que nuestras glándulas suprarrenales se pongan a trabajar y nos proporcionen la tan anhelada droga.

El periodo de reposo que estoy guardando me ha llevado a padecer un obligado síndrome de abstinencia; ni tengo mi droga, ni la puedo producir. He tenido que recurrir a una terapia de desintoxicación; he decidido dedicarme a cultivar el espíritu. Por cierto, todo sea dicho, lo tenía últimamente bastante descuidado.

He pasado de la “actio” al “intellectus”. En esta transición me he podido dar cuenta de la innecesaria tensión en la que solemos vivir, de cómo hacemos sufrir a nuestras arterias coronarias más allá de lo debido, de que, como decía Joan Manuel Serrat en una de sus canciones, “llegamos siempre tarde a donde nunca pasa nada”. Vivimos en una sociedad estresante, absurdamente competitiva, loca, desalmada…

Volver al “intellectus” es un viaje apasionante y totalmente recomendable. Es reencontarte con la lectura, el silencio, la reflexión, la música, el pensamiento, la escritura, el ocio, los sentimientos, la creatividad, el aprendizaje… con tantas facetas olvidadas.

Vistas así las cosas hay que promover, de manera imperiosa, la implantación de los años sabáticos. Creo que en la actualidad sólo existen en el ámbito académico universitario. Hay que crearlos tanto por necesidad como por higiene mental. Es tiempo de dedicarnos más al interior, a nuestro interior; más al fondo que a las formas; a ser más orientales y menos occidentales.

Ya sé que un año -el sabático- puede parecer mucho tiempo. ¿Lo podríamos dejar, al menos, en unas semanas?. Es que es necesario.