Patente de corso
Que la convivencia es complicada, no lo voy a poner en duda. Si ya lo es en el ámbito familiar, ¡cómo no lo va a ser en el ámbito social!. La convivencia tiene unas reglas tácitas, no escritas, que se adquieren a lo largo de la vida como un aprendizaje más. Sucede, como en todos los procesos de aprendizaje, que hay alumnos más dotados y otros que lo son menos. También ocurre que dentro de los menos dotados, los hay voluntaristas que se esfuerzan en escurrir al máximo su limitada capacidad de aprendizaje, y, a contrario sensu, están aquellos perfectamente dotados que se niegan a aprender o a poner en práctica sus conocimientos. A estos últimos, precisamente, es a los que quiero referirme.
Este grupo de individuos parece que tiene como única misión en la vida destrozar la convivencia. Los podemos ver en la política - el fallecido Jesús Gil sería el paradigma-, en los debates de la telebasura, en la reunión de vecinos, en la cola del cajero… Desafortunadamente, abundan.
Si la convivencia está hecha de pequeñas renuncias, estos individuos no renuncian nunca a nada. Ellos tiene el derecho a decir siempre lo que quieren en el momento en que quieren, mientras que tú, en aras a mantener la convivencia, renuncias o pospones a decir o hacer cosas para no tensionar más las situaciones. Tienen o se toman la “patente de corso”.
Cuando te hablan, te ignoran como persona. Gritan, en vez de argumentar. Te señalan como si en lugar de una mano tuvieran una pistola. En vez de palabras, escupen balas.
Es verdad que el dicho cuenta que “dos no riñen si uno no quiere”, pero, ¡caramba!, siempre son los mismos los que callan y los mismos los que gritan. En esto, como en otros aspectos de la vida, hay que reclamar la igualdad. No hay más remedio; tendremos que quitarles la patente.
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